Historia de la evolución del crédito concedido por entidades financieras

De la antigua Roma al FinTech


Si tuviéramos que remontarnos al origen, el nacimiento del crédito, tendríamos que viajar hasta la antigua Roma.

Puesto que el origen etimológico de una palabra, muchas veces está ligado al origen natural de aquello que designa, “lo que no nombramos, no existe”.

Crédito procede del latín credititus y hace referencia a la confianza que se produce entre dos partes, por un lado, el prestamista confía en que el prestatario le devolverá el importe con sus respectivos intereses, mientras que el prestatario tiene plena confianza en que el prestamista le dejará el dinero.

Los intereses que pagamos, vienen explicados por dos factores principales, en primer lugar, el dinero presente vale más que el dinero futuro, por lo que si el prestamista nos deja el dinero hoy, tendremos que compensarle, y en segundo lugar, esa compensación tiene que ser suficiente, en el sentido de que tras realizar un ajuste a la inflación, debe proporcionar un beneficio al prestamista.

La evolución del crédito ha sido increíble, fugaz y llena de avances. Por ejemplo, ¿sabías que en la antigua Roma, los créditos se situaban entre el 40 y el 75% del importe total del crédito?



Aunque parezcan unos intereses elevadísimos, el riesgo de impago por aquella época era enorme.

Ser prestamista era una profesión de alto riesgo en la antigua Roma, pero también para el deudor en caso de impago.

Se llegaron a establecer decretos que recogían penas corporales para el deudor insolvente (Por suerte, esto ha cambiado y en la actualidad se aplican intereses de demora en caso de impago y no penas físicas).

Y es que en la antigua Roma, en los negocios, la palabra lo era todo.

Tras los prestamistas, apareció la figura del banquero, que jugaba un gran rol en el cambio de moneda y el cobro de créditos a clientes ubicados en el extranjero.

En el siglo XII empiezan a fundarse en los primeros bancos.

A lo largo de la Edad Media, emergen las primeras grandes corporaciones bancarias, que van evolucionando hasta la actualidad.

Sin embargo, hay otro salto, en la historia y evolución del crédito concedido por entidades financieras que nos lleva hasta nuestros días.

En la historia ha escrito su nombre el FinTech (finanzas tecnológicas), que ha dado lugar a los denominados créditos rápidos, que nos permiten solicitar dinero para hacer frente a gastos que surgen en momentos determinados y que son de una pequeña cuantía.

Una de las características de estos créditos que los han hecho tan populares es el hecho de que aceptan a un amplio espectro de clientes y a su velocidad de transferencia. Así, los créditos rápidos sin nómina tienen la ventaja de que tras la solicitud se transfiere el dinero de manera instantánea a tu cuenta bancaria; sin las esperas ni demoras tradicionales del crédito bancario tradicional.

No es necesario, presentar un aval para conseguir este tipo de créditos y nos ofrecen liquidez en pequeñas cantidades que los bancos tradicionales no.


El importe mínimo de la inmensa mayoría de préstamos personales que conceden las grandes corporaciones bancarias suele ser de 3.000€ (muy elevado, si sólo necesitamos el dinero para comprar la entrada de un concierto o pagar una factura de la luz).

Mientras que los créditos rápidos, nos dan la posibilidad de solicitar desde 50€.

Los devolveremos en un plazo reducido de tiempo, generalmente un mes y controlaremos la fecha exacta de vencimiento del préstamo.

Por ejemplo, si necesitas un préstamo rápido de 75€ para reparar tu lavadora y lo puedes devolver en 10 días, pagarás sólo los intereses de esos 10 días.

Otro de los puntos que considero importante destacar, dentro del análisis de la evolución de los créditos en la historia es la reducción del tiempo de espera, tanto en la solicitud como a la hora de recibir el dinero del préstamo.

Hace unos años, el proceso se extendía varios días, eso sin contar el innumerable papeleo, ahora en tan sólo unos minutos y rellenando un simple formulario podemos disponer del dinero en nuestra cuenta bancaria habitual.



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